El escritor memorialista

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Siempre he estado, a lo largo de mi vida, obsesionado con el retrato literario. Considero que es un ejercicio de una categoría muy alta

(Josep Pla (Notes disperses))

En el prefacio de Retrats de passaport, dice Josep Pla que, a lo largo de su vida, ha escrito un número indeterminado de biografías, numerosos ensayos de «retratos largos» –los Homenots– y gran cantidad de retratos literarios breves, de los que este volumen contiene más de un centenar. Diríamos que a Pla le han empujado a esta predilección por los libros o esbozos biográficos una serie de motivaciones que, entre otras podrían ser: su curiosidad por la naturaleza humana; su concepción de que la literatura no es otra cosa que una lucha contra el olvido, y, finalmente, un cierto sentido de responsabilidad ante un país que, tradicionalmente, parece complacerse en su autodestrucción: «En el nostre país, la literatura personal s’ha cultivat poquíssim. És la conseqüència natural d’un poble que no sap ni llegir ni escriure la seva llengua. És un país que, en termes generals, ha contribuït al seu propi oblit. Si no sabem quin aspecte tingueren els nostres avis, quina cara presentaven, com foren, quina idea podem tenir del passat del país? Tot és oblidat, tot són ruïnes. […] El gran problema d’un escriptor arrelat en un país és contribuir a la lluita contra l’oblit.» En estas líneas de Pla hay todo un programa literario, la justificación de un género y una preocupación que será, a lo largo de toda su obra, uno de los hilos conductores de la misma: la búsqueda del tiempo perdido como operación necesaria para el encuentro de la propia identidad, tanto la suya personal como la colectiva del país.

(Josep M. Castellet, «Josep Pla, retratista», Destino, n. 1755, mayo 1971, p. 7-9)

El proceso de redacción de Josep Pla o la raó narrativa, que comenzó en 1973 y terminó en 1978 con la publicación del estudio, abrió una nueva fase en la producción literaria de Josep M. Castellet: la literatura memorial, la literatura del yo. Inicialmente probó el diario íntimo, pero el resultado no le interesó: seguía siendo un ejercicio estilístico que acabó guardado en un cajón hasta que, más de treinta años después, lo publicó con el título de Dietari de 1973.

Esta búsqueda de la literatura del yo siguió muy viva y, diez años después, con motivo del homenaje que le rindió la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana en diciembre de 1983, Castellet leyó en el Aula Magna de la Universidad de Barcelona un retrato de Giuseppe Ungaretti que se convertiría, sin modificación alguna, en el primer capítulo de Els escenaris de la memòria. Había encontrado la clave: el retrato literario.

La fórmula de Els escenaris de la memòria se centra en la construcción de un retrato literario, parcial y siempre ubicado en un escenario compartido por el narrador, de una serie de personajes –todos ellos escritores– que acaban dejando como residuo las piezas que forman lo que podríamos llamar un autorretrato oblicuo. El narrador, un yo en primera persona que no oculta su nombre –Josep M. Castellet–, siempre será definido y explicado a través de los otros o en relación con ellos. A veces situado en segundo plano, otras interviniendo activamente en la escena, el narrador pregunta y planifica las conversaciones que mantiene con los otros; conversaciones que, siempre en su propio interés, le llevarán a aprender, a comprender, a descubrir en los demás lo que él quiere decir. Es decir, les hace hablar, los observa, los transcribe, se transcribe a sí mismo, hasta el punto de que los personajes funcionan como modelo, como espejo.

Los protagonistas de los Escenaris –Giuseppe Ungaretti, Mercè Rodoreda, Rafael Alberti, Josep Pla, Pier Paolo Pasolini, Octavio Paz, José Luis Aranguren, Mary McCarthy y Pere Gimferrer– se movían, salvo en el caso de Gimferrer, en el campo de los maestros que le habían marcado, que no eran precisamente los escritores más amigos. En el prólogo de los Escenaris ya anunciaba una posible segunda parte con personajes más íntimos: «Quién sabe si algún día se me presentarán figuras más amistosas y llamarán a la puerta de la memoria reclamando su derecho, justificado, a completar mi imaginario personal proyectado en la memoria –una mezcla de sensaciones y experiencias, de amigos y conocidos, de anécdotas y vivencias, de frustraciones y de los pocos momentos de serena realización que he logrado tener–». Estos amigos, poco a poco, llamaron a la puerta. Y Castellet escribió poco a poco, sufriendo por ello, algunos retratos que publicó en Seductors, il·lustrats i visionaris (2009) –los de Manuel Sacristán, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Joan Fuster, Alfons Comín y Terenci Moix– y Tres escriptors amics (2012) –los de Salvador Espriu, Baltasar Porcel y Montserrat Roig.

Cuando falleció, en enero de 2014, Castellet estaba trabajando en un nuevo volumen de retratos literarios, los de sus discípulos del Seminario Boscán.

El crítico y el ensayista

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El editor

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